El Guerrero y su flor

Capítulo 1: Recuerdo de cenizas

El sueño siempre terminaba igual: con el sonido de algo rompiéndose que no era madera, sino almas.

El frío en el templo de su clan era absoluto, un vacío que succionaba el calor de su pequeño cuerpo. Estaba escondido tras la Gran Piedra del Altar, apretando los dientes para no gritar mientras el acero chocaba contra el acero fuera. Sus primos, y otros niños, temblaban a su lado, susurrando plegarias que ya no servían de nada.

—Es el fin —dijo una voz suave, melódica como la de un erudito leyendo un poema de muerte—. El Fénix ha despertado y tiene hambre.

Entonces, la reliquia estalló. No hubo fuego naranja, sino una onda expansiva de negrura pura que se filtró por las grietas de la piedra. Daiyu sintió un impacto en su espalda baja, como si un clavo al rojo vivo le atravesara la columna. El dolor subió por sus nervios, estallando en su ojo derecho.

Cuando abrió ese ojo, el mundo ya no era el mismo. Todo estaba teñido de un carmesí sangriento. Vio los hilos de energía vital de todos marchitarse en un segundo. Vio sus cuerpos convertirse en estatuas de carbón gris antes de que pudieran siquiera llorar. Él era el único que quedaba en pie, rodeado de cenizas que una vez tuvieron , cuerpo y nombres.

Daiyu Long se incorporó con un grito ahogado que murió en su garganta seca. El sudor le empapaba el pelo rojo, que se pegaba a su frente como hilos de sangre. Se llevó la mano a la zona lumbar y luego al ojo derecho cubierto por un parche; la marca pulsaba con una intensidad que le nublaba la vista. El dolor, alimentado por la ansiedad del recuerdo, era un fuego físico que le devoraba las entrañas.

Observó las luces que atravesaban la cueva desde fuera por agujeros pequeños hechos por algún animal. Se obligó a levantarse de la cueva donde había pasado la noche. Estaba solo, y así es como él quería que fuera. La soledad era su única seguridad.

Horas después, Daiyu caminaba por un pequeño asentamiento fronterizo. El aire allí era pesado, cargado de una neblina grisácea que indicaba una infestación de espíritus Yin. Pero los humanos allí eran igual de crueles; aprovechaban el miedo de la gente para tender trampas a todo aquel que pasase.

Daiyu avanzaba con paso errático, sosteniéndose el costado. El dolor de la marca lo tenía debilitado, restándole los reflejos que normalmente lo hacían letal. Al cruzar un callejón estrecho para evitar la calle principal, no vio el hilo de seda tensado a ras de suelo ni los que se escondían en las sombras.

¡Click!

Una red pesada cayó sobre él desde un tejado, mientras tres hombres con los rostros cubiertos saltaban desde las sombras. Daiyu intentó zafarse, pero el dolor en su ojo derecho estalló. Al intentar enfocar y ver la energía vital de sus atacantes para defenderse, la quemadura interna lo hizo caer de rodillas. Su energía Yang estaba fuera de control y su corazón latía rápido.

—No... os acerquéis... —gruñó Daiyu, apretando los dientes hasta que las encías le sangraron.

Cuando uno de los hombres levantó un mazo para golpearlo, una sombra naranja y enorme cruzó el callejón como una exhalación.

Un gruñido profundo, que hizo vibrar los cimientos de las casas cercanas, detuvo el ataque. No era común ver bestias espirituales en lugares habitados; los animales de ese tamaño evitaban a los humanos a toda costa. Pero aquel zorro colosal, de pelaje naranja encendido con el hocico y las puntas de las orejas negros, no parecía tener miedo. Había cruzado las puertas del pueblo por un solo motivo: el rastro de energía Yang que dejaba Daiyu a su paso.

El zorro aterrizó sobre uno de los saqueadores con una fuerza que le sacó el aire de los pulmones. Sus ojos dorados brillaban con una autoridad que no pertenecía a este mundo. Los otros dos, al ver a una criatura de leyenda en medio de su callejón, soltaron sus armas y huyeron despavoridos, gritando sobre demonios del bosque.

El silencio volvió al callejón. Daiyu, aún bajo la red, miró al animal. Sus miradas se cruzaron: el rojo atormentado frente al oro sereno.

—No necesito... tu ayuda —masculló Daiyu, logrando cortar la red con un cuchillo corto. Se puso en pie tambaleándose y comenzó a caminar hacia el bosque, esperando que la bestia regresara a su escondite.

Pero el zorro no se fue. Durante los siguientes días, lo siguió a distancia. Cada vez que Daiyu se escondía o intentaba alejarlo, el zorro naranja siempre lo encontraba. Era una presencia constante, una sombra naranja que se negaba a abandonar al guerrero. Finalmente, después de varios intentos de alejar al animal, Daiyu se rindió y dejó que caminara tras él, aunque no le dirigía la palabra.

 

Mientras tanto, en una ladera cubierta de flores silvestres, Chuhua se despertaba con el primer rayo de sol. Sus trenzas azul marino se mecían mientras se agachaba para recoger unas setas de nabo bajo un roble.

—¡Vaya! Pero qué hermosura... —exclamó Chuhua, sosteniendo una seta de nabo especialmente grande como si fuera un trofeo—. Con esto y un poco de jengibre, tendré cena para tres días. O para dos, si me entra el hambre de medianoche.

Soltó una risita juguetona y guardó su tesoro en la cesta de mimbre, dándole un par de palmaditas al montón de hierbas como si las estuviera arropando. Se puso en pie, estirando los brazos con pereza mientras sus larguísimas trenzas azul marino rozaban las flores silvestres.

—Gracias por el festín, madre montaña —dijo con un guiño al bosque, ajustándose las correas de la cesta de mimbre sobre sus hombros—. Hoy me siento generosa, quizás hasta decore la entrada con unas cuantas orquídeas nuevas...

Chuhua decidió que era hora de volver. Mientras caminaba por el sendero cargando su cesta, no pudo evitar que el recuerdo de los rufianes le amargara el paso. Se habían llevado sus mantas viejas y un par de cuencos de barro que ni siquiera estaban bien cocidos; cosas sin valor real, pero que a ella le habían costado esfuerzo conseguir. Lo peor no fue el robo, sino que habían vuelto varias veces solo para molestarla y tirarle piedras al tejado.

"Al menos hoy el bosque parece tranquilo", murmuró, intentando convencerse.

Sin embargo, a mitad del camino, se detuvo en seco. No fue un ruido ni un movimiento lo que la frenó, sino un puro presentimiento, una punzada de inquietud que le recorrió la espalda. De repente, el aire empezó a traer un olor que no encajaba con la montaña: ceniza y un rastro metálico, como el hierro viejo que se consume.

Chuhua apretó las correas de su cesta y aceleró el paso. Ese presentimiento le decía que venía directamente de su casa. Chuhua arrugó la nariz con curiosidad, ladeando la cabeza como un pájaro pequeño. En lugar de asustarse, se llevó una mano a la barbilla, pensativa.

—Qué aroma más raro... —murmuró, más intrigada que preocupada—. No es el aroma de esos rufianes…

Con una sonrisa despreocupada, empezó a caminar de regreso a su cabaña, tarareando una melodía Akha fuera de tono. No tenía ni la más remota idea de lo que le esperaba.

 

Daiyu avanzaba con paso pesado hacia el corazón del Valle de las Flores. Era una zona liminal, el lugar donde la mayoría de las Puertas de los Espíritus (Esos arcos de acero oscuro y labrado, fríos al tacto incluso bajo el sol), marcaban la frontera entre el mundo humano y el invisible. Sus grabados no parecían tallados, sino fundidos en el metal, brillando con un matiz plomizo que cortaba de forma antinatural el paisaje vibrante del valle. 

El zorro naranja le seguía a unos pasos, manteniendo una distancia respetuosa pero firme, con sus orejas de punta negra moviéndose al unísono con los ruidos del bosque.

A lo lejos, en un claro rodeado de orquídeas silvestres y a la sombra imponente de la Montaña de los Espíritus, se alzaba la cabaña de Chuhua. Era una construcción humilde, de madera vieja que el tiempo había vuelto casi grisácea, contrastando con el brillo frío de los arcos de acero que punteaban el paisaje cercano.

Pero la cabaña estaba lejos de ser lúgubre. Las grietas en las paredes estaban selladas con musgo fresco, y del techo de paja colgaban hileras de flores secas y campanas de viento que tintineaban suavemente, desafiando el silencio pesado de la montaña. Era un hogar que sobrevivía a base de remiendos y mucho cariño, un pequeño oasis de vida justo en el límite donde el mundo de los hombres terminaba y empezaba el de los espíritus. 

Sin embargo, el aire se volvió gélido de repente.

Chuhua, que bajaba por la ladera con su cesta llena, se detuvo en seco. Los arcos de las Puertas de los Espíritus a su alrededor empezaron a agitarse, vibrando como si un terremoto invisible sacudiera sus cimientos. La energía alrededor se volvió espesa y amarga.

—¿Pero qué...? —murmuró Chuhua, dejando caer una de sus setas. Aunque no podía ver las entidades con la claridad de Daiyu, sentía una presión aplastante en el pecho.

Frente a Daiyu, el camino desapareció bajo una marea de espíritus Yin. Eran cientos, pequeñas sombras famélicas atraídas por la vibración Yang que desprendía su cuerpo. El zorro naranja reaccionó al instante; se lanzó hacia adelante como un rayo de fuego, sus fauces atrapando sombras y haciéndolas "desaparecer" en ráfagas de humo frío para abrirle paso al guerrero.

Pero entonces, la puerta más grande del valle crujió.

De su umbral emergió una entidad colosal. Tenía un cuerpo transparente pero fornido, de una musculatura fantasmal que distorsionaba la luz. En su mano derecha arrastraba una maza encadenada con una bola de hierro llena de púas, que emitía un brillo azul mortecino. Era un Guardián Yin Corrupto.

Sin mediar palabra, el espíritu lanzó su arma. La bola de hierro voló por el aire, rompiendo el sonido con un silbido aterrador. Daiyu, debilitado por el dolor punzante de su espalda, apenas logró rodar hacia un lado.

La batalla se trasladó rápidamente hacia el claro de la cabaña. Chuhua, paralizada a unos metros, vio cómo aquel joven de pelo rojo corría hacia su casa, perseguido por ráfagas de aire que cortaban la hierba y hacían estallar sus flores.

Daiyu, buscando altura para un contraataque, saltó sobre el techo de la cabaña. La madera crujió bajo sus pies; la estructura ya estaba a punto de rendirse. Al ver que el espíritu gigante levantaba de nuevo su maza para un golpe descendente, Daiyu comprendió que el techo no aguantaría.

—¡Fuera de mi camino!—le gritó al aire, saltando hacia la hierba un segundo antes de que la maza impactara.

El golpe fue devastador. La bola de hierro del espíritu no solo atravesó el techo, sino que demolió las paredes laterales. La cabaña de Chuhua estalló en mil pedazos de madera podrida y pétalos de flores. Los recuerdos de años de soledad volaron por los aires como confeti. 

Chuhua no vio al atacante, pero sintió que el aire se volvía denso y gélido, como si la montaña misma se le cayera encima. 

El zorro aprovechó la distracción para saltar sobre los hombros del espíritu, clavando sus garras de punta negra en la sustancia etérea y manteniéndolo inmovilizado contra el suelo.

—¡Ahora! —rugió Daiyu.

A pesar del dolor que amenazaba con partirle la columna, Daiyu no soltó la empuñadura de su espada de doble filo. Concentró su energía en el brazo derecho, haciendo que el acero de la hoja vibrara con un zumbido sordo antes de encenderse en un rojo incandescente.

Con un movimiento circular, rápido y preciso, no usó el filo para cortar, sino el plano de la hoja como un mazo de energía pura. El impacto contra el pecho de la entidad invisible sonó como metal chocando contra piedra. La fuerza del golpe, cargada con todo su energía acumulada, proyectó al espíritu hacia atrás, arrastrándolo por el suelo hasta obligarlo a cruzar de nuevo el umbral de las Puertas de Acero.

El esfuerzo le desgarró un grito de agonía. El espíritu desapareció en un remolino de energía, y la Puerta de los Espíritus se cerró con un golpe seco, recuperando la calma.

Daiyu cayó de rodillas, jadeando, con el ojo derecho sangrando levemente bajo el parche. El silencio volvió al valle, solo roto por el sonido de una última viga de la cabaña terminando de caer.

Chuhua se acercó lentamente, con la cesta aún colgada del brazo, mirando los restos de lo que solía ser su cama y su cocina. Luego, miró al guerrero exhausto y al enorme zorro naranja que ahora se sacudía el polvo a su lado.

Pero, en lugar de gritar o llorar, sus ojos se desviaron hacia el joven de pelo rojo.

Él estaba allí, de rodillas, temblando. Chuhua soltó su cesta y dio un paso hacia él, con las manos extendidas en un gesto instintivo de sanación.

—Estás herido... —murmuró ella, con la voz suave pero firme—. Déjame ver esa herida.

—¡No me toques! —rugió Daiyu.

Con un movimiento brusco, la rechazó, interponiendo su brazo como si ella fuera otra amenaza. Se puso en pie tambaleándose, con la respiración entrecortada, y se alejó hacia la linde del bosque sin mirar atrás. Chuhua lo vio desplomarse al pie de un viejo roble a unos metros de distancia, ocultando su rostro bajo el ala de su sombrero de paja.

El zorro naranja, que se había quedado observando la escena, se acercó a Chuhua. Sus ojos dorados buscaron los de la joven. Ella, sin rastro de miedo ante la bestia legendaria, extendió una mano y acarició el pelaje espeso. Este soltó un ronroneo vibrante antes de trotar hacia donde Daiyu intentaba recuperar el aliento.

Desde su posición bajo el árbol, Daiyu sacó un pequeño frasco de jade de su túnica y bebió un elixir amargo. El dolor de la marca remitió apenas un poco, lo suficiente para dejarlo observar. Vio a Chuhua caminar entre los escombros de su casa. La vio agacharse, no para buscar oro o ropa, sino para recoger con dedos delicados las flores de jazmín y los crisantemos que no habían sido aplastados por la maza del espíritu.

Una punzada de culpa, más dolorosa que la propia maldición, le atravesó el pecho. Otra vez. Un rastro de ruina a su paso. Había destruido el único refugio de una desconocida.

Apretando los dientes, Daiyu se levantó y caminó hacia ella, deteniéndose a varios pasos de distancia. Sin decir una palabra, lanzó una bolsa de cuero que aterrizó pesadamente sobre un montón de astillas. El tintineo del metal delató su contenido.

—Tómalo —dijo él, con voz ronca—. Hay monedas de plata. Es lo único que tengo... y lo único que puedo ofrecerte por el desastre. Lo siento.

Chuhua dejó de recoger pétalos y lo miró con una curiosidad genuina, sin pizca de rencor. —¿Estás bien? —preguntó ella, ignorando la bolsa de dinero—. Tu energía... se siente como si estuvieras ardiendo por dentro.

—No es asunto tuyo —respondió Daiyu de forma borde, dándose la vuelta para marcharse lo antes posible—. Quédate el dinero y construye algo mejor lejos de aquí.

Él ya se alejaba cuando escuchó unos pasos rápidos sobre la hierba. Chuhua corrió un poco hasta ponerse frente a él, obligándolo a detenerse. Ella estiró su mano, sosteniendo un lirio de campo, una flor que en el lenguaje de las montañas significaba “vínculo de amistad y superación ante la adversidad”.

—¿Qué es esto? —preguntó Daiyu, sorprendido tras la cortina de su sombrero.

Chuhua sonrió de par en par, con una alegría que parecía desafiar la destrucción que los rodeaba. —No pasa nada —dijo ella con ligereza—. Una casa son solo maderas y paja; se puede volver a construir de una forma u otra. No cargues con eso, no fue culpa tuya que ese espíritu saliera de la puerta.

Aquella amabilidad inesperada golpeó a Daiyu más fuerte que cualquier maza de hierro. Se quedó petrificado, con la mano a medio camino de su espada, sin saber cómo reaccionar ante alguien que, habiéndolo perdido todo por su causa, le regalaba una flor en lugar de una maldición. Por primera vez en años, el joven guerrero se quedó sin palabras.

 

 

 

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